Transición.

 

 

    A los 27 años se espera que una persona tenga más o menos resueltas ciertas cuestiones de su vida. No importa qué área esté encaminada, pero sí es necesario que al menos una lo esté. Puede ser el amor, puede ser la vivienda, puede ser lo laboral, en fin, múltiples caminos que en mi caso no me habilitan a proyectar más de una semana. No me considero una joven con poca estabilidad, todo lo contrario, es la primera vez en muchos años que siento que disfruto mis días bajo esa famosa premisa de “carpe diem”. Creo que mi generación, es la generación de la ansiedad, del todo ya, ahora, para ayer, del no es suficiente y por eso, estar en mi situación y no haber huido, habla de que tengo algo en claro: sé lo que quiero. Encontré qué me gusta, qué me apasiona y estoy trabajando todos los días para poder construir esa base sólida que me permita proyectarme nuevamente en el tiempo de otra forma. Si me preguntan cómo te ves en 10 años, tengo una respuesta, lo que no podría contestar de manera certera es cómo voy a llegar a eso. Si algo aprendí en estos 27 años es que no podemos controlar todo y que todo llega cuando tiene que llegar. Ojo, no por eso me siento a esperar a que las cosas pasen, no por nada estoy escribiendo estas líneas, pero sí tengo en claro, que si esta puerta no abre, hay otras que tendré que tocar para seguir adelante.

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