La sensación de tener que fumarme unas flores.

Regalar flores es toda una decisión. La persona que las recibe puede esperarlas como no, puede quererlas como no, puede disfrutarlas como no. Hay un poco de adrenalina tanto en el acto de darlas como en el de recibirlas. Las gotas que mojan todo acompañan la incomodidad de transportarlas. Yo, particularmente llevo el ramo como un bate de baseball, lo muevo, lo sacudo, me siento rara y con la obligación y deber de cuidarlas y que duren, por lo menos, una semana. Cambio el agua, saco las hojas feas, corto los tallos, en diagonal, porque si lo dice “Utilísima” es así. Considero que les doy una muerte digna devolviéndolas a la tierra una vez que ya es imposible caretear el estado vegetativo de dichas flores, “las desconecto” de esa jarra convertida en florero que les mantenía la vida.

Si bien la moraleja es cada uno con sus mambos, las flores, siguen teniendo su encanto.

 

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